future girlfriend from the future..
i know how must a grammar nazi and orthoghraphy freak you must be..
so i hope you are not disturbed by this..
i just want you to know that i would really love to have sex to joe satriani’s the extremist album
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Se levanta Billy, todavía con la ropa de ayer. Bajo su brazo y en braguitas, su ex todavía dormita. Va, se lava los dientes y hace los demás rituales cotidianos para empezar el día. En la cocina prepara el café. Esperaba la llegada de Ana. No sabía qué hacer; si despejar a su exnovia de su cama o si ofrecerle el sofá a Ana cuando llegase. No hace más que pegar los labios a la taza y le entra un indescriptible dolor en la panza. Corre hasta el baño donde rebaja, por lo menos, once libras en materia fecal. No podía recordar lo que había comido ayer; el viaje de ácido; muy intenso. Quizás fueron las galletas. Se escucha alguien tocando a la puerta. La ex también estaba de corriditas. Definitivamente, fueron las galletitas. La mañana transcurre sin recibir señales de vida de Ana. Antes, cuando cursaban juntos en la universidad, luego de un tiempo sin verse, Billy podía presentir cuándo se encontraría con Ana. Era algo extraño. Este no era uno de esos momentos. Lo que sí le pareció extraño, desde que salió afuera a buscar el periódico y vio las condiciones del tiempo, es que tenía ganas de ir a la playa y que no le preocupara que ana llegara y encontrara la casa cerrada. No podía dejar la casa abierta. Como están las cosas hoy día, cualquiera entra y le roba. La ex está emocionada. No es por hablar de gente que no existe, pero la verdad es que la ex de Billy está bien buena. Está bien dura. Y cuando se mete en un traje de baño o en un bikini o, rayos, cuando se quita toda la ropa el tiempo como que se detiene. Los dioses en el Olimpo se revuelcan en el piso con sus togas hasta que se les zafen las sandalias por no ser lo suficientemente humanos como para cogerse a tal monumento de mujer. De más está decir que, al llegar a las costas de este pueblo, ni el viento se atrevía a decir una palabra. Cada paso que pisaba era como una poesía compuesta al instante para todos aquellos que disfrutaban al apreciar las notas de las melodías de su caminar plasmadas en el pentagrama de la arena. El punto es que, al final de este viaje en que su escritor se ha ido, esta exnovia de Billy sólo opaca la presencia del mismo. Esto no le importaba. Mucho menos le importaba rechazar la mano de ella cuando se le acercaba para agarrar la suya. Ella piensa que, después de las locuras de anoche, los ánimos entre los dos volverían a cuajar en alguna relación. Nosotros sabemos que eso no sucederá. Lo siento. Mientras las cervezas se acaban, Billy termina de leer Moonchild y decide darse un chapuzón.
-¿Vienes?
-¿A dónde?
-A mojar las nalguitas. ¿Qué crees?
-No sé. El sol está rico.
-Y las olas van a estar mejor.
-Total. ¿Para qué? Si ya tú no me quieres.
-Qué importa. ¿Quién más está contigo ahora?
-Nadie.
-Pues, pregúntale a nadie si quiere venir conmigo.
-Qué graciosito eres.
-Nunca apreciaré tu sarcasmo.
-Nunca apreciaste mi amor.
-No empieces con eso ahora. ¿Vienes o no?
-No. Todavía quedan par de cervezas.
-Bueno.
A Billy no le importó la arena caliente bajo sus pies. Ni siquiera se molestó en deostrar que lo sentía. Su ex lo ligó hasta que llegó al agua. Siempre le había gustado su manera de caminar. Billy tampoco mostró señales de incomodamiento al zambullirse en las refrescantes aguas saladas del Atlántico. Se propuso ver cuán lejos de la costa se atrevía ir. Nadó contra las olas. Nadó y nadó hasta que se sintió solo. Miraba a la playa y toda la gente allí le parecían hormigas en un criadero. Todas caminando trabajosamente de aquí a allá. La distancia y el azul del cielo sobre el mar le daba un toque banal a toda esa escena costanera. Se dispone a regresar. Descubre que es más fácil nadar paralelo a la costa. Cuando toca la arena intenta divisar cuánto deberá caminar, pero parece haber nadado muy lejos. Lo suficiente como para no ver a su exnovia a la distancia. Resolvió que le sería mejor caminar por la arena mojada por eso de no quemarse los pies. Llega al lugar donde se habían estacionado y está ella hablando con un hombre en bikini; parecía fisiculturista, pero la llegada de billy pareció espantar a las moscas. Ella le miraba como preguntándole telepáticamente si estaba celoso y el pobre no sentía nada. Buscó en la neverita y se sirvió la última fría que quedaba entre todo el hielo derretido. El sol amenazaba con empezar a ponerse lo que significaba que era hora de irse. Además, el hambre ya era demasiada. Pararon en un restaurante de comida rápida por el auto-servicio. Ordenaron dos hamburguesas con sus respectivas papas y refrescos. Y, de la nada, alguien se monta en el automóvil. Era Ana. Parecía tener prisa. Como si tuviera miedo de que la estuvieran persiguiendo. Estaba sicótica. Lo siguieron hasta la casa. En el camino no se escuchó nada aparte de la ex de Billy masticando y tragando su comida. El radio estaba dañado. Billy no se atreve preguntar ni qué le pasó a Ana ni cómo llegó a encontrarse con ellos. Ana se quedó dormida. Llegan a la casa y Billy la carga en sus brazos hasta la cama en su cuarto. Nunca pensó que iba a hacer eso antes de casarse. Nunca pensó que no iba a tener sexo después de hacerlo. La ex se pone a ver televisión en la sala y Billy se sienta a comer de su hamburguesa. A mitad de hamburguesa, alguien toca la puerta de en frente. Con unas malas palabras a susurros, Billy va a contestar. Era un hombre que se identificó como Anatoly y tenía las manos y la camisa ensangrentadas. ¿Qué quería el checo? Billy no quería saber. Decía que quería verla, a Ana. Ver si estaba bien. Billy le decía que no se preocupara, que estaba bien, que siguiera su camino. Pero Anatoly insistía.
-Mira. Está durmiendo. Y, por culpa tuya, no he podido terminar mi hamburguesa. Hágame el favor y lárguese o llamo a la policía. Mas, con esa facha, creo que can a estar haciendo muchas preguntas que, por lo que veo no vas a querer contestar.
-Bien. Vendré mañana en la mañana.
-No vas a venir nunca.
-Dígale que vine. ¿Sí?
-Vamos. Váyase.
Entró. Cerró la puerta con seguro y volvió a terminar su comida. Cuando el vaso de refresco quedó vacío, Billy se sentía satisfecho. Fue a tomar una ducha y, cuando sale, encuentra a las dos mujeres durmiendo en la misma cama. El mismo pensamiento que te está cruzando por la mente se le ocurrió en ese instante. Va a la sala, apaga el televisor y se acuesta a dormir en el sofá. Cerrando los ojos, trata de buscar en su memoria dónde había dejado el revolver aquel que le había regalado su padre unos años atrás. Hacía mucho tiempo que no le llamaba. Hizo una nota mental de llamarlo a primera hora en la mañana.
Tengo miedo de copular por primera vez. Y, si muero. Si, aparte de morir, no produzco engendro. Quizás, por eso no me afeito, no uso desodorante bajo los brazos. Para parecerte feo, dilatando cada vez ese momento en que puedas verme tuyo. Hoy soñé que me enamoraba. Nunca había soñado eso antes. Pero siento miedo.
What is beauty? Can you find beauty in a trash can? Is it hidden from plain view? Do you need special goggles to find it? Does it make you feel good? What is beauty, can you reply?
Ya los pájaros trinaban. Ana toca a la puerta. Billy la deja entrar. Tenía aires de cansada. Alguien dormía en el sofá. La lleva hasta su cama y ella cae desplomada. Esto le pareció chistoso y procedió a preparar desayuno. La mujer se levanta del sofá. Billy le va a servir café cuando ella intenta ponerse íntima con él. Él se sacude, regando algo de café por el piso. Se enoja, le grita y ella se pone a llorar silenciosamente sentada a la mesa. Él le lleva el desayuno y el café comoquiera. Luego se sienta con ella a comer mientras lee el periódico. Queda claro que la mujer es la novia que había dejado. Ella lo mira por encima del borde de la taza mientras él le hace caso omiso. Pasan las horas. En la casa hay nadie, excepto Ana. Suena el teléfono móvil dentro de su cartera, lo que la despierta abruptamente. Es Susana. Ella ignora la llamada. Se da una ducha. Se siente cómoda con el agua caliente cayéndole sobre la cara. Podría estar horas debajo de aquellos chorros. Decide que debe terminar de bañarse por eso de ser considerada. Al salir, desliza su mano sobre el espejo empañado para poder ver su figura. Le gusta cómo se ve. Sonríe. Se viste y sale al comedor. Saca el emparedado aquel y se lo come mientras hojea el periódico encima de la mesa. De su bolso, también saca un gotero. Mide cinco gotas de ácido y se las echa a la boca. Busca un par de galletas en la nevera y le pone cinco gotas a cada una. Se sienta a ver televisión. Las próximas doce horas no hizo nada más que alucinar hasta quedarse dormida en el sofá. Cuando despierta, ya es de noche. Encuentra a Billy comiéndose una de las galletas mágicas. Ella le sonríe. Él no sabe lo que le va a esperar. Ella decide irse antes de que le explote la nota. Esa noche había una exposición de arte local en un lugar frecuentado por personas del mundo subterráneo. Artistas, Músicos, Prostitutas, Transvestis. Allí podría vender su mercancía. Cuando llega saluda a algunos cuantos. El lugar todavía estaba vacío. Ana saca un lápiz labial y un espejo de su bolso y procede a pintarse los labios de un color rojo intenso. A través del espejo se da cuenta que unos pies detrás de ella y con una cerveza en mano estaba el tipo aquel que paseaba su perro el día anterior. Se volvió loca. Sintió maripositas en el estómago. No sabía qué hacer. Se dio la vuelta. Caminó tres pasos hacia donde él y le interrumpió la conversación que tenía con algún amigo o lo que sea.
-Buenas noches.
-Buenas noches.
-Por casualidad, ¿tienes un cigarrillo que me puedas regalar?
-Claro.
Le da un cigarrillo y le ofrece fuego enseguida. Ella sonríe y, sin enceder el cigarrillo, sale afuera. Él no le quitó la vista de encima sino hasta que salió por la puerta. Buscó en su bolso un mechero rápidamente y, sacudiendo los nervios, encendió aquel cigarro. A mitad de cigarrillo, llega Susana. Susana le ofrece quinientos dólares por la botella. Accede. Vuelve adentro y ordena un vaso de leche en la barra. La gente parece abejas revoloteando por las paredes de aquel lugar. En una esquina ve una gitana sentada a una mesita con un mantel de tela. Se le acerca y le pide que le lea la mano. No lee manos. Le ofrece leerle las cartas. Ella, desanimada, sorbe de su leche a través de un sorbeto y se da la vuelta.
-Como quieras.
Ana paró en seco. A lo lejos se escuchó una carcajada. Nadie supo dónde. Enseguida, el diskjockey decide reproducir una balada en jazz por los altoparlantes. De la nada sale el hombre que dejó su perro en su casa y la saca a bailar. Le pareció un instante cuando terminaron. Él la aprieta un poco contra su cuerpo. Suena un reggae. Ella lo toma de las manos y las suelta. Las manos de aquel sujeto caen, pero vuelven a subir. Las manos de ella habían quedado suspendidas en el aire. Él, dándose cuenta de la manera en que ella probó su inconciente, pone sus manos en los bolsillos traseros de sus pantalones de corduroy y desvía la mirada hacia la barra. Ella le agarra la mandíbula con una mano, le hace mirarla de frente y le planta un beso rápido sobre los labios y le dice su nombre. El dice que se llama Anatoli. Ana y Anatoli salen de aquel bar y se montan en el automóvil de aquel checo, un viejo convertible, en dirección a la casa de su padre. El viento de desarregla los pelos, lo que les pareció divertido mientras viajaban a cien millas por hora por aquella desolada carretera que les llevaba a su tan ansiado destino. El radio, con el volumen hasta lo máximo, no parecía hacer a las bocinas desfallecer. Todo era perfecto. Esta vez la iba a perder. Lo que sólo se pierde una vez. Anatoly se desmonta de la carretera a un lugar de corte urbano. La señal de tráfico se vuelve roja. Paran. Anatoli desliza su mano debajo de la falda de Ana. Desde el muslo, siente la gran cantidad de calor que irradia su entrepierna y, con una inspección más cercana, nota la increíble humedad que de ella proviene. Ella seguía en su trance bailando libremente al son de la música. La luz: verde. Arranca súbitamente, lo que la hace reír. Llegan a la casa. Riendo. Vacilando. Ella lo abraza a sus espaldas mientras abre el cerrojo con su llave. La puerta abre haciendo un escándalo. SSh, le dice él a ella como que bromeando. Le sigue ella hasta su cuarto. Cierran la puerta y, entre besos, se quitan la ropa ambos. Ella se tira sobre la cama incitándolo. Él se tira sobre ella. Sus ojos hacen contacto. Un silencio profundo se encierra entre ellos. Ella piensa en decir algo, pero ya es muy tarde. El hombre convulsa como un demente. Intenta, desesperada, de deshacerse del peso que aquel hombre le causa sobre su cuerpo. Se desconecta del convulsante para sentarse asustada en una esquina. Y llora.
cabalista impunosanto revelacre idolastra
masotando lapitrero comisangre colomante
amociente conogía malendice fulgaría
iropecias dormiquisa urgaparte repistiza
So there I was. Looking down the river of broken spirits. There laid a memory and a devil tries to take it away.
Ana se encuentra en una cafetería comiendo pan tostado con mantequilla y, por supuesto, bebiendo una taza de café. Eran las dos del medio día. Sus ojos vacilaban entre un cuadro colgado en la pared y el cigarro que aún no encendía el señor que leía el periódico en una silla junto a la puerta. Por alguna razón le fascinan los objetos fálicos como aquel cigarro. Se levanta después de haber terminado su desayuno, pues ayer fue un día pesado, le ofrece fuego a aquel señor sacando de su bolso un encendedor de mecha. El señor asustado, tiró el periódico al piso y salió corriendo por la avenida. Ana entristeció. Nadie más parecía estar interesado en aquella situación. Ella esperaba que viniera el barista o algún cliente de esos que frecuenta el lugar y le explicase que el señor era un loco o algo, o que a alguien le diera gracia, pero nadie dejó su puesto. Esto la dejó algo desconsolada. Entristeció. Sale del establecimiento y apunta el número de su amiga, Susana, en un teléfono móvil que cargaba encima y que no era suyo. Susana no contesta. Intenta, luego, el número de Billy, su compañero de clases en aquél entonces, cuando era universitaria y este le propone encontrarse con ella en la plaza del pueblo. No le quedaba lejos. Durante el camino iba pensando en cómo cada paso hacía rotar la tierra debajo de ella como si fuera ella el centro del universo. Le encantaba este pensamiento, porque le hacía pensar que a pesar de que nadie la había tocado siquiera en sus partes íntimas, todo el cosmos se encargaba de causar el momento perfecto en que se encontraría con su pareja ideal, con la que viviría felizmente hasta la muerte. Por esto, vivía siempre con la preocupación de arruinar ese momento por la sospecha de que sucedería de manera inesperada, como todas las cosas. A lo lejos, podía ver a Billy sentado en un banco de la plaza comiendo palomitas de maíz. Una paloma estaba siempre pendiente a aquellas pocas que se le caían de la boca. No era un tipo con buena coordinación, pero era bastante competente. Tenía buenas notas en sus clases. Acababa de salir de una relación con una mujer seis años mayor que el. Aprendió mucho con ella, pero no la amaba. Quería viajar el mundo y escribir poesía.
-¿Quieres?
-No. Acabo de comer unas tostadas.
En verdad, moría de hambre. Las tosadas le costó lo último que tenía de dinero.
-Como quieras. Te ves cansada. ¿Qué te pasa?
-No sé cómo decirte esto.
-Decirme qué.
-Necesito un favor tuyo. No sé si sea mucho pedir.
-Dime, Ana.
-Necesito alojamiento por un par de días.
-No hay problema.
-Bueno. Hay un pequeño problema. Hoy voy a llegar tarde.
-¿Cuán tarde?
-Mañana al salir el sol.
-Pues nada, probablemente voy a estar despierto
Ana sonríe y de da un beso en la mejilla.
-Gracias. Nos vemos, entonces.
Ana alcanzó corriendo el autobús, que ya se había pasado de la parada. Había un asiento vacío con una cámara desechable. Le quedaban cinco fotos disponibles. Se sentó y se tomó una. A nadie en el autobús le molestó la luz intensa que emitió momentáneamente aquel aparato el cual puso en su bolso. Marcó nuevamente el número de Susana y sólo escuchó el contestador. Miraba afuera por la ventana. Todo es muy aburrido dentro de un autobús. Muchos apenas podían mantenerse despiertos. Uno estornudó. Otra intentaba mantener a su hija sentada. Ana pidió la parada y se bajó del autobús sin pagar la tarifa. Nadie se dio cuenta, a nadie le importó. Al bajarse, encontró un centavo en el piso. Lo recogió. Un perrito le lamió la mano. Alzó la mirada y quedó enamorada de quien paseaba al animal. El hombre había parado para encender un cigarrillo. Su encendedor no tenía gas. Ella se quedó mirándolo intentando producir fuego inútilmente. El tipo se enfureció, tiró su inservible aparato y continuó su camino. Pensó alcanzarlo o gritarle que volviera para ofrecerle de su mechero. Pero no reunió el corage. Resolvió que iban en caminos distintos y que el destino no lo había enviado a él. Se preguntó si realmente se había enamorado. Comenzó a creer en la existencia de los sentimientos y de cómo su racionalidad intentaba, a toda costa, silenciarlos. Entró en la barra que queda a la vuelta de la esquina. Se dirigía hacia el cantinero cuando sintió alguien resprirándole en la nuca. Volteó y automáticamente le lanzó un rodillazo en los testículos. Todos rieron. Se le acercó un joven en traje y corbata y le ofreció un trago. Pidió una copa de brandy. Su nombre era James. Hacía un año que había heredado la fortuna de su padre, que invertía en la bolsa de valores. Eran vecinos de niños. Estudiaron en la misma escuela hasta el primer grado. Cazaban lagartijos juntos. Iban al cine los fines de semana. Eran como hermanos. Estuvieron horas hablando y bebiendo hasta que a James se le ocurrió decirle a Ana algo que no le había dicho a nadie.
-Ana, soy gay.
Lo gracioso fue su respuesta.
-¡Lo sabía!
Esto no le causó risa en lo absoluto. La verdad es que era bastante obvio, aunque todas sus novias eran bien hermosas. La banda comenzó a tocar. Ella no podía parar de fijarse en cómo el cantante, que se desvivía interpretando la canción, agarraba aquel micrófono y no lo dejaba soltar. La noche acabó y ambos estaban bastante ebirios, pero él más que ella. Ella sacó su cámara y le tomó una foto. Él le dio las llaves del carro y se montaron en él. Llegó dormido hasta su apartamento. Todo estaba impecable. Él fue hacia su cuarto. Ella, directo a la nevera. Se preparó dos emparedados. Uno lo guardó en su bolso. Le dejó las llaves sobre la mesa y se marchó. Dos pisos más abajo vivía una amiga suya. Tocó el timbre.
-Hola. ¿Cómo estás? ¿Qué haces por aquí tan tarde?
-Bien. Pasaba a dejar un amigo. ¿Tienes ácido?
La mujer miró a todos lados.
-No. Pero tengo un par de moñas que me sobraron de esta tarde.
-De hecho, voy a necesitar ácido.
-Viste, puedo llamar a un panita que tiene.
-Dale.
-Pues, pasa. La bonga está paqueada por si quieres darle.
-Afuego.
Se sentó en el sofá con la bonga de frente mientras su amiga hace la llamada.
-¿Cuánto necesitas?
-Un litro.
Fumaron y vieron el final de una película de horror de los ochenta. Llega el hombre con el ácido con un guardaespaldas. Ana le paga con una nota del banco del cartel firmada por el mismo bichote. Una cosa que no se encuentra todos los días. Y así, saliendo los primeros rayos del sol, Ana se encaminó a la casa de su amigo Billy con su bolso y su botella.
a veces es imposible pensar cosas coherentes.. surjen en los pensamientos estupideces, idioteces y sólo puedo pensar en esas cosas que nos dejan perplejos día a día.. quizás a nietzsche se le olvidó clasificar dentro de su pensamiento aquellas cosas que le parecían ciertas a simple vista pero que al fin y al cabo nadie podría asimilar.. y justo cuando me siento un rato largo a ponderar, o a intentarlo, me revuelvo en un cálido oscuro que no me deja salir.. es como una trampa que me pone la existencia.. como si sólo por existir me cayera un velo que ciegue mi razonamiento.. estad atentos a cómo se ven las cosas.. un día despiertas de un sueño y las cosas ya no se ven igual.. parecerían ser distintas porque lo son.. y es que la estaticidad es un invento que personalmente conocemos como la base del aprendizaje.. de cómo logramos reconocer los cambios a nuestro alrededor.. y no renunciamos al invento para no ser partes del cambio.. por evitar la confusión.. para intentar conocernos a nosotros mismos.. qué difícil sería salirse por completo de todos los ideales y constructos.. llegar a vivir sin necesidad de ser dueño ni esclavo a las estructuras.. ser un río que está eternamente fluyendo.. nuestra vida se basa en un puñado de definiciones que llaman ser intuitivas.. las mismas dan pie a otras definiciones derivadas de aquellas.. y cuando vamos a ver nuestro diccionario creemos saber exactamente lo que expresamos cuando en realidad todo yace en un invento vacuo.